Durante los años que duró la Primera Guerra Mundial, el mundo pensaba que aquella sería la guerra que pondría fin a todas las guerras. Los tratados de paz que se firmaron en 1919 pretendieron comenzar a hacer realidad aquella frase. Había que llegar a acuerdos que garantizaran la paz entre las naciones involucradas. Sin embargo, al redactar los documentos no se negoció con los perdedores y se los sancionó duramente. Así se pactó el comienzo de una paz frágil y llena de resentimientos.

 

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Las negociaciones de los tratados se realizaron en la Conferencia de París en enero de 1919. Allí se reunieron los representantes de los vencedores: Estados Unidos, Inglaterra, Francia e Italia. Cada uno tenía sus ideas acerca de las medidas que debían tomarse. Francia, la más afectada (gran parte de la guerra se peleó en su territorio), fue también la más dura en sus intenciones: “Alemania pagará”, declaró el primer ministro francés.

Los derrotados: Alemania, Austria-Hungría, Bulgaria y Turquía, a los que se había mantenido fuera de las negociaciones, tuvieron que firmar una serie de tratados de paz que los castigaban duramente. El más importante de esos pactos fue el Tratado de Versalles, firmado entre los vencedores y el gran perdedor, Alemania. En este se decretó la pérdida de gran parte del territorio, su desmilitarización y la ocupación de la región occidental del río Rin por tropas aliadas hasta 1935. Además, se prohibió el ingreso de Alemania a la Sociedad de Naciones (creada a través del mismo tratado) y se le impuso el pago de una indemnización económica tan elevada que el país terminó de saldar su deuda recién en el año 2010.

Como resultado de los tratados, el mapa del mundo cambió. Las colonias alemanas fueron repartidas entre los vencedores; el Imperio austro-húngaro fue dividido, Bulgaria perdió parte de su territorio y Turquía tuvo que ceder sus posesiones de Medio Oriente a Inglaterra y Francia.

El Tratado de Versalles y los demás acuerdos no pudieron asegurar la paz pues, lejos de conciliar a los adversarios, profundizaron el rencor y los ánimos de revancha de los derrotados, en especial, los de Alemania. Esta fue una las principales causas de la Segunda Guerra Mundial que se desencadenó en Europa solo veinte años después del final de la primera.