La guerra civil de 1904 fue una de las más sangrientas de la historia de nuestro país. Cuando estalló la guerra, tanto el ejército rebelde liderado por Aparicio Saravia como el ejército del gobierno al mando de José Batlle y Ordóñez sabían que se confrontaban dos visiones de país: el país pastoril y caudillesco contra el Uruguay moderno del batllismo. Algunas de las batallas donde se enfrentaron los dos ejércitos fueron Mansavillagra, Fray Marcos, Tupambaé, Paso del Parque y Masoller.

 

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Aparicio Saravia reclutó para su bando al pobrerío rural que lo seguía junto a algunos blancos adinerados y políticos del partido. Saravia representaba al antiguo caudillo rural que lograba seguidores y respeto entre sus enemigos. Los 15.000 hombres que formaban su ejército estaban mal equipados. Apenas habían conseguido algunas armas de fuego antiguas entre los amigos del caudillo en Argentina y Brasil.

José Batlle y Ordoñez no dirigió la guerra en el lugar de batalla. Para eso tenía a generales profesionales, 8.000 soldados entrenados y 22.000 hombres más que habían sido obligados a luchar por el gobierno. Su ejército era más numeroso, estaba mejor equipado y contaba con la tecnología más avanzada del momento: telégrafo y trenes para la comunicación y mejores armas de fuego para el combate, como la ametralladora.

Las principales batallas donde se enfrentaron los ejércitos fueron Mansavillagra, Fray Marcos, Tupambaé, Paso del Parque y Masoller. Hasta el último combate la lucha fue pareja. El ejército rebelde, que estaba peor armado y con menos hombres, mostraba mucha más convicción en la pelea. Entorpecía la marcha del enemigo cortando los cables del telégrafo o rompiendo las vías del tren para que la información o las armas no llegaran a destino.

Aunque no fue una guerra muy larga (duró unos siete meses), el uso de la ametralladora provocó un número muy importante de muertos o heridos. En la batalla de Tupambaé o en la de Masoller, más del 20% de los soldados que pelearon fueron muertos o heridos en combate.

La figura del caudillo era tan importante para los rebeldes que la muerte de Aparicio no fue superada y los blancos se rindieron y firmaron la paz de Aceguá. Fue la última vez en la historia del país en que se enfrentaron directamente dos ejércitos dentro del territorio.