Cuando se inició la vida independiente del Uruguay, Montevideo era una ciudad amurallada y de casas bajas de piedra, barro o ladrillo. En 1833 comenzó la demolición de las murallas y se diseñó la ciudad nueva. Montevideo crecía y contaba con población de distintos orígenes. A pesar de que vivió un largo sitio (1842-1851), ese crecimiento se mantuvo. En esos primeros años, la vida en la ciudad era muy distinta que en la actualidad.

 

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En esa época, la diferencia entre ciudad y campo no era tan notoria como ahora. En el casco urbano había terrenos baldíos en los que crecían plantas y pastaban animales. Las crónicas de la época cuentan que se podían ver perdices corriendo por las calles de la Ciudad Vieja o chanchos alrededor del recién inaugurado Teatro Solís (1856). Y aunque puede costarnos imaginar la profunda oscuridad de la ciudad durante la noche, lo cierto es que recién en 1856 se instaló la iluminación callejera de gas, y solo en las manzanas más céntricas alrededor de la Plaza Constitución.

Los montevideanos se movían a caballo y las calles estaban sucias. Había muchos depósitos de cuero cerca del puerto y, posiblemente, el olor fuera muy desagradable. Al mal olor contribuían los vecinos de la ciudad, cuyas costumbres higiénicas eran muy diferentes de las actuales: orinar y defecar en la calle era una costumbre común.

Los sonidos de la ciudad también eran diferentes a los actuales. Los ruidos de la naturaleza se imponían. El ruido del viento, del río en la costa, de las aves y los animales en las calles era apenas interferido por las campanadas de la catedral indicando el pasaje de las horas o por las ruedas de un carro en las pocas calles empedradas de la ciudad.

Este escenario ambientó el desarrollo de una sociedad bastante libre. Las costumbres de los montevideanos sorprendían a algunos viajeros, que solían criticarlas. Para los europeos, por ejemplo, los montevideanos eran personas muy haraganas, indolentes y demasiado dispersas. A los extranjeros les parecía que dedicaban demasiado tiempo a jugar y reír, y muy poco a trabajar.