Durante siglos las sociedades europeas estuvieron divididas en órdenes. Los integrantes de las órdenes privilegiadas eran los nobles y las personas relacionadas con la Iglesia. Ellos disfrutaban de privilegios y favores a los que los campesinos, comerciantes y artesanos no podían aspirar. Esta división desigual entre las personas se entendía como algo natural y que no podía discutirse. Por lo tanto, no todos eran juzgados de igual manera ni tenían los mismos derechos.

 

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Los privilegios se conseguían por herencia. Pertenecer a una familia de la nobleza era todo lo que hacía falta para contar con esos favores especiales. Además, el rey podía otorgar títulos de nobleza a quienes él deseara. Había títulos de duque, conde, barón, marqués y muchos más, para que quienes los poseían se diferenciaran de las demás personas.

Aunque muchos nobles eran ricos y poderosos, no era un requisito tener riquezas para formar parte de la nobleza. Había personas que, aunque habían perdido su fortuna, continuaban teniendo sus títulos y gozando de sus privilegios sociales. De modo contrario, había hombres que se habían hecho ricos gracias a su trabajo o habilidad para los negocios, pero que al no tener títulos de nobleza quedaban excluidos de los grupos privilegiados de la sociedad.

Entre los grupos privilegiados se encontraban los nobles y las autoridades de la Iglesia, que no estaban obligados a pagar ningún tipo de impuesto al rey. Los que sí debían pagar grandes impuestos eran los trabajadores, campesinos, comerciantes y artesanos, que formaban la enorme mayoría de la población. A este sector de la sociedad se lo llamó tercer estado. El dinero de los impuestos de esta mayoría servía para sostener a los privilegiados.

Dentro del tercer estado había un grupo de personas conocidas como burgueses, que estaban adquiriendo cada vez más importancia en la sociedad. Los burgueses se dedicaban generalmente al comercio, a la producción de manufacturas o al préstamo de dinero. Gracias a esas actividades muchos habían logrado hacerse muy ricos, tanto o más que la alta nobleza. Pero a pesar de tener dinero, no poseían los privilegios de los nobles. Esa situación provocó su descontento y fue uno de los motivos que desencadenó las revoluciones del siglo XIX.