La segunda revolución industrial comenzó en el período comprendido entre 1850 y 1870 y se produjo una vez que el sistema económico conocido como capitalismo llegó a una mayor cantidad de países. Las innovaciones técnicas y científicas, además del descubrimiento de nuevas fuentes de energía, impulsaron su desarrollo. Si la primera revolución industrial se produjo casi exclusivamente en Inglaterra, la segunda fue más expansiva y alcanzó al resto de Europa occidental, los Estados Unidos y Japón.

 

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Las primeras fábricas se instalaron en Inglaterra. Pronto se desarrollaron, aumentaron su producción y alcanzaron un gran éxito económico mediante la comecialización de sus productos. Gracias a su industria, Inglaterra llegó a ser la primera potencia mundial. Cuando otros países europeos vieron el éxito que tenían los ingleses con sus industrias, empezaron a imitarlos. El resultado fue el desarrollo de la revolución industrial también en países como Francia, Holanda y Alemania, y más tarde también en regiones más lejanas, como Estados Unidos y Japón.

A medida que existieron más países con una producción industrial desarrollada, comenzaron a competir entre sí para conseguir las materias primas necesarias para sus fábricas y para acaparar los mercados en los cuales vender los productos. Esta competencia favoreció el crecimiento acelerado del comercio y el transporte. Se mejoraron los trenes y el barco con motor a vapor, que era mucho más rápido que los veleros. A finales del siglo XIX comenzaron a fabricarse los automóviles y los primeros prototipos de aeroplanos. En el área de la comunicación las más importantes innovaciones fueron el telégrafo y el teléfono. Estos inventos fueron posibles gracias al dominio de una nueva fuente de energía: la electricidad.

La industria metalúrgica fue una de las de mayor crecimiento en la segunda revolución industrial. Mejorar la calidad del metal era esencial para construir mejores máquinas y herramientas, más duraderas y precisas. En ese sentido fue decisiva la invención del acero, una nueva aleación de metal más fuerte que el hierro, más fácil de trabajar y muy maleable. Este nuevo metal se usó para la fabricación de medios de transporte y armamento, así como para la fabricación de casas y edificios cada vez más altos y resistentes.