En el siglo XIX, Rusia estaba gobernada por el zar, un monarca absoluto. Mientras países como Inglaterra, Francia y Alemania desarrollaban sus industrias, Rusia se encontraba al margen de los grandes cambios que la revolución industrial había generado en Europa. Tanto su economía como su sociedad eran muy tradicionales. La economía rusa se basaba en lo que producían los campesinos y la sociedad aún no había desarrollado la clase media conocida como burguesía.

 

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El territorio de Rusia era enorme. En el siglo XIX abarcaba el noreste de Europa y gran parte de Asia. Estaba gobernado por el zar, un rey con poder absoluto. El zar decidía la paz y la guerra, creaba las leyes, controlaba a la policía, elegía a sus ministros y colaboradores y, además, era la máxima figura de la Iglesia. Su autoridad no tenía límites.

La sociedad rusa era muy desigual. Los miembros de la nobleza tenían grandes privilegios, que se heredaban de padres a hijos. La mayor parte de la población estaba formada por campesinos que trabajaban en las tierras de los nobles. El trabajo de estos campesinos era la base de la economía de Rusia, que continuaba siendo un país rural y agrícola, alejado de los adelantos industriales que estaba impulsando la revolución industrial en Inglaterra y otros países de Europa occidental.

En la guerra de Crimea, que enfrentó a Rusia con los ejércitos de otros países europeos entre 1853 y 1856, los rusos sufrieron una dura derrota. Las diferencias tecnológicas fueron decisivas, pues los rusos no contaban con el ferrocarril ni con las avanzadas armas que sí poseían sus enemigos. Luego de esa derrota, el zar Alejandro decidió comenzar un proceso de desarrollo industrial en el país, que le permitiera competir con las principales potencias.

El primer paso para convertir a Rusia en un país moderno fue terminar con la servidumbre de los campesinos que trabajaban para los nobles en condición de siervos. Hasta ese momento los nobles podían disponer libremente de sus siervos y castigarlos o venderlos si así lo decidían. Para conseguir que Rusia se convirtiera en un país industrial había que permitir la liberación de los siervos, que pasarían luego a ser los obreros de las nuevas fábricas.