Las ideas de la Revolución francesa se habían propagado por toda Europa gracias a la invasión de Napoleón Bonaparte, que despertó en los pueblos europeos el rechazo al invasor. También provocó la necesidad de defender la independencia y las costumbres nacionales, muy diferentes a las de los franceses. Pero fundamentalmente estimuló la búsqueda de la formación de repúblicas independientes y democráticas y el fin de las monarquías absolutas.

 

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Las ideas de la Revolución francesa, junto con la formación del Imperio napoleónico fueron dos hechos históricos que dieron comienzo a las revoluciones burguesas del siglo XIX. Se llaman así porque fue este grupo social, la burguesía, el que lideró la lucha contra la monarquía.

Una vez derrotado Napoleón, comenzó un proceso en toda Europa llamado Restauración. Los reyes absolutos trataron de volver a su antigua posición, intentando no perder el poder que tenían antes de la revolución. Para lograrlo usaron la violencia y reprimieron duramente con sus ejércitos a todo aquel que se les opusiera. Además los reyes dividieron los países europeos a su antojo, sin respetar las características nacionales de cada una de las comunidades. Estos hechos provocaron un gran descontento en la población en general y en la burguesía, que vio perder todas las libertades que había ganado durante la Revolución francesa.

Fue así que, en defensa de la libertad política y los sentimientos nacionalistas, se produjeron durante todo el siglo XIX varias revoluciones en Europa que buscaban limitar el poder a los reyes con Constituciones y establecer Estados que respetaran los sentimientos nacionalistas del pueblo. Este período de las revoluciones burguesas tuvo tres momentos de importante impulso y rebelión popular en contra de las monarquías y sus imposiciones: 1820, 1830 y 1848. Pero el espíritu revolucionario se mantuvo por años y contribuyó en otros procesos como la independencia de Grecia y las unificaciones de Italia y Alemania.

A pesar de los esfuerzos de la Restauración, aquellas ideas de libertad y nación no murieron con la derrota de Napoleón, sino que continuaron su camino durante todo el siglo XIX hasta que lograron sus objetivos.