A principios del siglo XIX, cuando América Latina estaba empezando a independizarse, Estados Unidos decidió no intervenir en la política de los nuevos países americanos. Promovió la idea de alejar a los europeos del continente: “América para los americanos”. Pero ya a mediados del siglo XIX las relaciones entre la gran potencia del norte, sobre todo con sus vecinos del Caribe y zonas cercanas, se basó en sus intereses colonialistas, económicos y políticos.

 

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La expansión territorial de Estados Unidos hacia el oeste chocaba con los intereses mexicanos pues había parte del territorio mexicano que los norteamericanos querían poseer para llegar hasta la costa del océano Pacífico. Fue en ese momento que se proclamó la teoría del destino manifiesto, que justificaba la idea de que Estados Unidos tenía el derecho natural de expandirse y dominar otros territorios porque era superior a otras naciones. Esta idea justificaba que los norteamericanos se quedaran con gran parte del territorio mexicano, los actuales estados de Texas, California y Nuevo México.

Cuando Estados Unidos ya se había expandido y era una gran potencia industrial, su política hacia América Latina fue de control económico y militar. El objetivo era sacar del continente a los europeos que aún tenían colonias en América y proteger los intereses de las empresas norteamericanas instaladas en varios países latinoamericanos. A esta relación entre Estados Unidos y América Latina se la conoció como la política del gran garrote y fue impulsada entre otros por el presidente Theodore Roosevelt. Uno de sus logros más importantes, por su valor estratégico militar y comercial, fue la construcción del canal de Panamá por empresas norteamericanas. El gran garrote señaló el comienzo del imperialismo norteamericano y de su incorporación al grupo de las potencias mundiales.

América Latina se convirtió en una zona de mucha importancia para los Estados Unidos, cuyo gran desarrollo industrial necesitaba de dos cosas que América Latina le daba: grandes cantidades de materias primas y gente que comprara sus productos industrializados. Los intereses norteamericanos en América Latina continuaron creciendo a lo largo del siglo XX.