Luego del armisticio de octubre, firmado entre la junta de Buenos Aires y Francisco Javier de Elío, el gobierno porteño destinó a Artigas a Yapeyú, en las Misiones. La marcha de Artigas y sus fuerzas hacia el norte fue seguida por cientos de familias. El camino fue lento y difícil. La marcha de las familias supuso el traslado de miles de personas por el campo oriental, en una época en que no existían puentes ni caminos y la campaña estaba prácticamente despoblada.

 

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El propio Artigas veía con preocupación la movilización de tantas personas: Un mundo entero me sigue, retardan mis marchas y yo me veré cada día más lleno de obstáculos para obrar; ellos me han venido a encontrar, de otro modo yo no los habría admitido.

Se hizo un censo de las familias que acompañaron la marcha y de las pertenencias que llevaban. La mayoría había abandonado sus posesiones. Los que tenían casas las quemaban para que no pudieran ser ocupadas por nadie más. No se sabe exactamente cuántos siguieron a Artigas en la marcha, ni cuántos acamparon en Ayuí (Entre Ríos). Se estima que eran varios miles de personas, de todos los orígenes: hombres sueltos, hacendados, familias pobres y ricas, mujeres solas, esclavos fugados, indígenas, jóvenes, viejos, entre otros.

El recorrido supuso casi un año de marcha y el trabajoso cruce de los ríos Santa Lucía, Negro y Uruguay y varios menos caudalosos. La caravana se extendía a lo largo de varios kilómetros. Acamparon en Ayuí durante varios meses. En setiembre de 1812 se reinició el sitio de Montevideo y la marcha se disolvió para volver al asedio.

Para muchos historiadores es la primera manifestación de un sentimiento puramente oriental en oposición al predominio porteño. La decisión de seguir a Artigas parece ser la primera expresión de la soberanía de los orientales como grupo, una reafirmación de su liderazgo y de la autonomía de sus acciones.

A este episodio se lo conoce con varios nombres: la redota, como le llamaron los paisanos, no se sabe si por deformación de la expresión derrota, o por derrotero (camino). A fines del siglo XIX un historiador lo denominó, con un tono heroico, el éxodo del pueblo oriental.