La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano y la Constitución de 1791 son dos de los más importantes documentos de la Revolución francesa. Fueron inspirados en las principales ideas de los filósofos del siglo XVIII. Estos documentos terminaban con el poder ilimitado del rey y marcaban una nueva época para Francia y el resto del mundo. Sus principales ideas están aún presentes en las leyes y Constituciones de nuestros días.

 

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La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, fue uno de los trabajos más importantes realizados por la Asamblea Nacional Constituyente en 1789, además fue uno de sus primeros trabajos. En la Declaración se definen como derechos naturales e imprescriptibles la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión. Asimismo, se reconoce la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley y la justicia, y se afirma el principio de la separación de los tres poderes del Estado: Ejecutivo, Legislativo y Judicial.

El rey Luis XVI firmó la Declaración el 5 de octubre, bajo la presión de la Asamblea y del pueblo, que había acudido al palacio de Versalles, lugar donde vivía el rey. Este primer documento sirvió de introducción a la primera Constitución de la Revolución francesa, aprobada en 1791.

La Declaración inspiró, en el siglo XIX, la elaboración de documentos parecidos en numerosos países de Europa y América Latina. Incluso a la actual Carta de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, de 1948.

La principal tarea de la Asamblea General Constituyente era elaborar una Constitución que terminara definitivamente con la monarquía absoluta y con los privilegios de la nobleza. El documento fue discutido durante dos años. Después de muchos debates se decidió que la nueva forma de gobierno iba a ser una monarquía constitucional. El rey perdía sus poderes absolutos y debía respetar la Constitución. Se creaba así un Poder Legislativo que se encargaría de redactar las leyes. Sus integrantes serían elegidos por la votación de los ciudadanos. Según esta primera Constitución, no todos podían ser ciudadanos, solo los hombres mayores de 25 años que supieran leer, escribir y que tuvieran alguna propiedad o negocio. Todos los demás franceses no podían elegir a sus gobernantes.