El Partido Colorado y el Partido Blanco lucharon durante buena parte del siglo XIX por el poder político del país. Los blancos siempre habían quedado relegados ante el poder y la influencia del Partido Colorado, que no quería perder el gobierno y que muchas veces recurría al fraude electoral para obtenerlo. A finales del siglo XIX, la revolución de Aparicio Saravia obligó a dividir el poder y el país en dos. Por eso se habla de un país con dos gobiernos o bicéfalo.

 

más información

Entre 1839 y 1897, el Partido Colorado y el Partido Blanco habían luchado por obtener el poder político y militar del país, en las elecciones y en el campo de batalla. En la historia de enfrentamientos había una larga lista de muertos y heridos para ambos lados. Esto hacía difícil la relación entre personas que pertenecieran a diferentes partidos políticos. Un amigo colorado y otro blanco, un marido blanco y una esposa colorada o dos hermanos que apoyaban uno a cada partido eran situaciones difíciles de encontrar, pero cuando sucedían podían provocar divisiones o separaciones familiares.

Los colorados siempre habían tenido el poder político. El sistema electoral no preveía la representación proporcional e impedía el voto a la mayoría de los uruguayos. Además, el gobierno controlaba quiénes podían o no votar, por eso los blancos no lograban llegar al poder por medio de las elecciones. Esto provocaba sangrientas luchas por conseguirlo.

Después de la revolución liderada por Aparicio Saravia en 1897, el gobierno colorado tuvo que negociar y ceder parte del poder a los blancos, y les dio la jefatura política de seis departamentos del país. A partir de ese momento, el Uruguay se dividió políticamente en dos: el Uruguay colorado y el Uruguay blanco. Uno se dirigía desde Montevideo y el otro desde El Cordobés, la estancia de Aparicio Saravia en Cerro Largo.

A finales del siglo XIX cada uno de los partidos defendía una forma distinta de entender el Uruguay. La mayoría de los colorados querían un país moderno, urbano, comercial e industrial, que fuera parecido a los países europeos. Por otro lado, los blancos defendían la idea de un país rural, gauchesco, más tradicional y parecido al resto de América.