En 1804 Napoleón Bonaparte fue coronado emperador de Francia. El día de su coronación se vistió como un verdadero rey. Él mismo se puso la corona y también coronó a su esposa Josefina. A partir de ese momento el poder de Napoleón fue muy grande. Casi no había nada que le pusiera límites. El pueblo de Francia adoraba a su héroe y estuvo de acuerdo con su nombramiento. Las victorias militares de Napoleón le daban todo el prestigio que necesitaba para ser aceptado y admirado por los franceses.

 

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El Imperio napoleónico tuvo su propia Constitución. En ella se afirmaba que Francia era un imperio y que Napoleón, el jefe máximo del gobierno, sería emperador hasta el día de su muerte. En ese momento, uno de sus hijos heredaría el poder y continuaría gobernando. Eso significaba que el pueblo francés no podría elegir a su gobernante. Los miembros del Poder Legislativo, donde se discutían las leyes, sí podrían ser elegidos por la gente, aunque durante los años que duró el Imperio napoleónico la última decisión siempre la tuvo el emperador. Bajo el mando de Napoleón, Francia consiguió dominar a casi todo el continente. Así fue que, durante el Imperio, invadió y conquistó muchos territorios en Europa. Solo hubo dos países que enfrentaron su poder: Inglaterra y Rusia.

La coronación de Napoleón fue aplaudida por algunos y muy criticada por otros. Aquellos que habían peleado en la revolución para terminar con la monarquía en Francia, no estaban de acuerdo con que Napoleón fuese nombrado emperador, pues así el pueblo francés perdía la posibilidad de elegir a sus gobernantes. Otros franceses estaban felices con la coronación de Napoleón; creían que hacía falta un gobierno fuerte y que él era la persona con la firmeza y el carácter necesarios para poner orden en el país luego de los años de batallas internas.

Cuando Napoleón concentró el poder en su manos, muchos de los cambios impulsados por los revolucionarios comenzaron a revertirse. La nobleza recuperó parte de las propiedades que había perdido y los burgueses se vieron beneficiados por la política comercial del Imperio. Las manifestaciones de protesta del pueblo fueron reprimidas y se suprimió la libertad de prensa. La Iglesia Católica fue la única aceptada y se prohibieron las demás religiones. El nuevo emperador Bonaparte se comportaba como un antiguo monarca absoluto.