Tras la rendición de Alemania en abril de 1945, Japón era el único representante del Eje que seguía luchando. Luego de una larga guerra de desgaste, con combates en cada isla ocupada por los japoneses, el gobierno de Estados Unidos comenzó a atacar directamente las ciudades japonesas con bombardeos aéreos. Pese a todo, Japón resistía. Hasta que en agosto de 1945 se produjo el bombardeo a Hiroshima y Nagasaki con bombas atómicas, que costó la vida de 250.000 personas y supuso el final de la guerra.

 

más información

Estados Unidos y Japón eran rivales por sus intereses en Asia y el Pacífico. La tensión entre ambos estalló en 1941 con el bombardeo japonés a la base naval estadounidense de Pearl Harbor. Estados Unidos, que tenía una industria bélica muy desarrollada, la utilizó para imponer la superioridad de sus fuerzas sobre Japón durante la guerra. Japón reforzó la defensa de las islas que había conseguido ocupar, para formar una barrera que mantuviera la batalla lejos de sus principales centros poblados.

La resistencia que Japón presentó, por ejemplo, en las batallas de Iwo Jima y Okinawa, se volvió muy costosa para Estados Unidos, que a comienzos de 1944 cambió sus objetivos: dejó de preocuparse por conquistar cada isla y apuntó directamente a Japón con el fin de terminar la guerra mediante el bombardeo aéreo de Tokio y las ciudades japonesas más importantes.

El gobierno de los Estados Unidos dispuso a partir de 1941 de un grupo de científicos para trabajar en el Proyecto Manhattan, un programa para usar la energía atómica en la fabricación de una bomba. En julio de 1945 la bomba estuvo pronta. El día 26 de ese mes, Estados Unidos exigió a Japón su rendición incondicional e inmediata, pero no mencionó la existencia de la bomba. Japón se rehusó. El presidente estadounidense Harry Truman ordenó lanzar la bomba atómica sobre Hiroshima el 6 de agosto. Tres días después, se arrojó otra sobre Nagasaki. La energía liberada en las explosiones arrasó las ciudades y provocó la muerte instantánea de 250.000 personas y posteriormente muchos miles más como consecuencia de la radiación. El 15 de agosto Japón presentó su rendición.

La devastación causada por las bombas atómicas fue también una muestra del inmenso poderío bélico de algunos países.