El final del poder del caudillismo terminó de concretarse con la muerte de Aparicio Saravia en 1904 y con la primera presidencia de José Batlle y Ordóñez. Las leyes y el ejército nacional se imponían por primera vez en todo el territorio nacional. A partir de ese momento, el Estado uruguayo estaba preparado para empezar importantes transformaciones en la vida política, económica y social del siglo XX.

 

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El poder y la influencia de los caudillos fue muy importante desde el comienzo de la lucha por la independencia y durante todo el período de formación del Estado uruguayo. Ante la debilidad del gobierno centralizado en Montevideo, las zonas rurales de nuestro país eran lideradas por caudillos de distinta importancia y prestigio. En los territorios alejados, en donde la ley y la policía no llegaban, el caudillo era la representación viva del poder.

Siempre había un caudillo que sobresalía del resto y era considerado un caudillo nacional, con poder y liderazgo en gran parte del territorio. Muchas veces este caudillo contradecía al gobierno establecido en Montevideo. Mientras el Estado y sus leyes funcionaban en la capital del país, en el resto del territorio la palabra de los caudillos era la ley que se imponía.

Desde 1860 el dominio caudillista de las zonas rurales comenzó a debilitarse debido a las políticas modernizadoras que el gobierno central fue imponiendo en todo el territorio. El alambramiento de los campos, la marcación del ganado y la modernización del ejército permitieron un mayor control al Estado sobre la propiedad privada. A medida que el Estado se fortalecía, los caudillos perdían su influencia.

Aparicio Saravia fue el último caudillo de alcance nacional que se rebeló contra el centralismo del poder estatal en manos del Partido Colorado. La derrota de Saravia en la revolución de 1904 marcó el fin de esta forma de organización. A partir de ese momento el Estado controló y gobernó en todo el país, sin resistencias. La muerte del último caudillo marcó el final de una forma de entender el país y a su gente. A partir de ese momento, los nuevos referentes políticos resolverían sus diferencias en la discusión pública y en los procesos electorales.